Pero el desembarco se ha producido el día 8 de noviembre, los aliados no han tomado la ciudad de Las Palmas hasta el día 18, y ni siquiera entonces ha cesado la resistencia española y alemana en las montañas del interior de la isla de Gran Canaria. Nada de eso ha impedido que las playas al este de la isla rebosen de tropas y suministros aliados, incluidos docenas de tanques americanos medios y ligeros contra los cuales las tropas germano-españolas no disponen de armas adecuadas, pues no se proveyó de ellas durante la preparación de la defensa. Muchos buques aliados han recibido impactos por parte de la Luftwaffe y alguno se ha hundido, pero han mantenido la cabeza de puente y su potencia de fuego y superioridad numérica han logrado vencer a los veinte mil defensores españoles y alemanes. La fuerza aeronaval alemana no ha cumplido su compromiso de alejar a los invasores de las costas españolas en Canarias.
El día 18 de noviembre, cuando los aliados anuncian que han capturado la ciudad y el puerto de Las Palmas de Gran Canaria, Hitler está en Berchtesgaden, después de haber permanecido en Ucrania hasta finales de octubre. Las noticias de las Canarias le irritan. Él también considera que Kesselring no ha dirigido bien la defensa de las islas, aunque estuvo de acuerdo en que la flota alemana (incluyendo a los acorazados "Scharnhorst" y "Gneisenau") no saliera a enfrentarse a los navíos británicos y americanos, muy superiores. Antes de escapar de la ciudad de Las Palmas para evitar quedar copados, los informes de los dos generales del Eje que han dirigido la defensa, el alemán Von Broich y el español Serrador, parecen confirmar que los soldados han hecho un buen trabajo, incluso heroico. El error estuvo en la falta de material de guerra eficaz (sobre todo de armas pesadas) y en que la Luftwaffe no logró alejar a la flota enemiga de la costa, subestimándose el poder aeronaval aliado. Por encima de todo, lo que irrita a Hitler no es tanto haber perdido una buena posición estratégica en el Atlántico, sino la destrucción de un regimiento completo de paracaidistas alemanes. La rendición de los restos que quedan en el interior es inminente, y hasta ahora los angloamericanos no habían logrado hacer tan gran número de prisioneros alemanes (se calcula que unos tres mil), salvo quizá en la batalla Crusader, a finales del año anterior, en Libia, donde fue capturado un número parecido o algo mayor de soldados alemanes no de élite (victoria que también dependió de la superioridad aeronaval aliada, pues Rommel se quedó sin suministros suficientes procedentes de Italia).
Independientemente de esto, Hitler acepta la solicitud de Kesselring de enviar tropas al sur de Marruecos, para defender, por lo menos, los aeródromos de Cabo Juby (Villa Bens) e Ifni, que están aproximadamente a la misma latitud que las Canarias... El general Jodl señala que se trataría de enviar la división Hermann Goering, que cuenta con un contingente de blindados, y la 15 división de infantería, que en el momento presente ocupa Lisboa (otra división alemana, también procedente de la desmovilización del suroeste francés, podría sustituir a la 15 ID en la capital portuguesa).
La misma noche del día que toma esta decisión (el 19 de noviembre de 1942), antes de irse a dormir, Hitler es informado de que se ha producido un fuerte contraataque ruso al norte de Stalingrado, en el flanco defendido por el tercer ejército rumano.
En los días siguientes, la crisis de Stalingrado atraerá casi toda la atención del Führer, distrayéndolo de las cuestiones de Occidente. El día 22 de noviembre se ha completado el cerco al 6 Armee en Stalingrado, el mariscal Manstein ha recibido el mando del grupo de ejércitos en la zona, y se ha ordenado el envío inmediato de todas las reservas blindadas desde Francia al Mar Negro para romper el cerco. Hitler, precipitadamente, abandona Berchtesgaden y toma de nuevo el mando militar directo en Rastenburg, en la Wolfschanze.
Es en este contexto cuando vuelve a recibir informaciones de lo que está sucediendo en el lejano Occidente: el 28 de noviembre los norteamericanos y británicos han desembarcado en Dakar y capturado la plaza a los franceses. Esa misma noche, por fin, el gobierno de Paris declara la guerra a los aliados occidentales, además de a los soviéticos, contra quienes llevaban ya varios meses siendo beligerantes.
Ahora, al menos, la Luftwaffe puede utilizar también los aeródromos franceses de Marruecos y los mismos aviones y buques franceses combatirán del lado de los del Eje. Los exhaustos batallones de paracaidistas alemanes se rinden entonces en sus últimas posiciones en el interior de la isla de Gran Canaria, incapaces de seguir enfrentándose al fuego de las armas pesadas enemigas y a sus bombardeos aéreos. El general Von Broich, herido, es hecho prisionero.
El siguiente informe de Kesselring, que es leído por Hitler el 1 de diciembre de 1942, solicita una decisión urgente sobre la situación española. Los aliados ya tienen todas las islas Canarias, Dakar y el Sahara Occidental. Para colmo, se han producido ataques partisanos de elementos antifranquistas en el interior de España y, lo que es todavía peor, acciones partisanas en Portugal que parecen obra de militares portugueses que han abandonado los cuarteles con sus armas: los enemigos de Franco y el Eje han cobrado aliento con la victoria aliada en las islas Canarias. Es preciso, por tanto, tomar medidas políticas que satisfagan al gobierno español, que no se siente bien defendido por Alemania. Kesselring propone lo siguiente: la anexión de Portugal (y sus inmensas colonias) como compensación política a España por la pérdida de las Canarias (a cuya reconquista debe comprometerse públicamente Alemania de todas maneras), el envío de algunas de las tropas alemanas disponibles (serían parte de las desmovilizadas en el suroeste de Francia gracias al despliegue del nuevo ejército francés en el Atlántico) para defender el dominio del Eje en Portugal y en el Estrecho y, finalmente, lograr la independencia de Marruecos (algo que españoles y franceses habrían de respaldar) como mayor garantía para la defensa de la zona y en la línea, por supuesto, de la política nazi promusulmana, que está ya dando buenos réditos en otros escenarios bélicos.
Kesselring no está tan interesado en proteger la gloria y seguridad de España como en incrementar el poder militar de Eje en un momento en el que el frente ruso exige la concentración en tan fríos y hostiles parajes de lo mejor de la Wehrmacht. Por eso es preciso aprovechar la gran popularidad del nazismo entre los pueblos musulmanes después de lo que se considera la liberación de Egipto y de algunos de los pueblos islámicos sometidos a la URSS. Los españoles, por su parte, aceptarían renunciar a su recientemente ampliado Protectorado en Marruecos si a cambio obligan a los franceses a renunciar al suyo, si el nuevo Marruecos independiente respeta los intereses económicos de España (y de Francia) y si España recibe Portugal, todas sus colonias, y algún territorio más en África subsahariana una vez ganada la guerra. Marruecos ya no importaría mucho a los españoles si se dieran unas condiciones semejantes. Por encima de todo, Franco quiere recuperar los cincuenta mil soldados perdidos en Canarias (en realidad, treinta mil soldados del ejército español regular, siendo los demás mercenarios marroquíes y milicianos irregulares de las islas) y para ello quiere reclutar cincuenta mil portugueses, enviar otros cien mil a trabajar a Alemania, así como seguir ejerciendo un control efectivo sobre el ejército de Marruecos en su totalidad (es decir, incluyendo también a los marroquíes que en el presente están a las órdenes de Francia). El único militar marroquí con grado de general es Mohamed Mizziam, que pertenece al ejército español. Mizziam recibiría el mando supremo al servicio del sultán, pero de acuerdo también con los intereses generales del Eje.
El sultán marroquí Mohamed V
Kesselring propone una conferencia internacional al más alto nivel, a celebrar en Barcelona, para tratar en ella del reparto efectivo del continente africano, desde Marruecos a Ciudad del Cabo. Se buscaría satisfacer a todas las partes de acuerdo con su capacidad para contribuir a la victoria común. Sería, además, una buena oportunidad para que Hitler y Petain volviesen a encontrarse: es preciso sacar el mayor partido posible de la nueva beligerancia francesa contra los angloamericanos.
Hitler, distraído por la crisis de Stalingrado, pero necesitado como está de la ayuda de todas las naciones del Eje, acepta la propuesta el día 3 de diciembre. No le apetece alejarse del puesto de mando, pues no se fía de sus generales, pero al mismo tiempo tiene confianza en el rápido envío de los refuerzos de sus tropas blindadas de élite desde Francia a Rusia por la vía marítima a fin de resolver la situación. Aunque se siente tentado de mandar a Goering en su lugar, el no ir a Barcelona podría interpretarse, precisamente, como que la situación en el Este es demasiado alarmante.
Así que al mediodía del 4 de diciembre de 1942 Hitler despega de Rastenburg. El avión lo lleva hasta Stuttgart, donde hace una escala técnica. Hitler conoce entonces que el convoy que transporta la 7 división Panzer hacia el Mar Negro ya ha zarpado del sur de Francia con una escolta de destructores alemanes para caso de que ataque alguno de los submarinos británicos que quedan en el Mediterráneo. Eso supone un alivio. Petain le había prometido que en los grandes puertos de Marsella y Tolon se apresuraría la operación de carga todo lo posible, y parece que se ha cumplido (no hay que olvidar, por lo demás, que dentro de la bolsa de Stalingrado se encuentra también cercada la división motorizada francesa de voluntarios "Mariscal Petain"). Unidades navales italianas, francesas y rumanas utilizarán su artillería para la defensa de los puertos del Mar Negro en caso de que se acepte el repliegue hasta ellos para acortar el frente y así enviar más refuerzos desde el Cáucaso a la lucha en torno a Stalingrado. De momento, la retirada parcial del Cáucaso no permite aún a los rusos alcanzar las costas del Mar Negro. Pero esto llegará a suceder si sigue siendo preciso trasladar más recursos alemanes a la zona de mayor importancia estratégica.
De Stuttgart a Barcelona, Hitler sobrevuela Francia y llega a la ciudad española del Mediterráneo al mediodía del día 6 de diciembre. Allí le están esperando ya en el Palacio de Montjuic. La apacible ciudad comercial está tomada por tropas españolas y agentes alemanes.
En el automóvil que lo recoge del aeropuerto, Kesselring informa al Führer de los acuerdos alcanzados: Francia, el socio más difícil, no pone pegas, aceptando la independencia de Marruecos y Túnez, e implícitamente, para cuando acabe la guerra, de la misma Argelia (¿tal vez no todo su territorio?), siempre y cuando se preserven los intereses económicos franceses en Marruecos -algo que Hitler sabe que siempre será negociable y un arma política a disposición de Alemania, el "padrino" de los nacionalistas musulmanes-. Como compensación territorial piden la rica Rhodesia del Sur para reinstalar a los propietarios de tierras franceses, aparte de otros territorios británicos de menor valor (aunque extensísimos, como Nigeria). Los españoles, por su parte, recibirán Rhodesia del Norte para unir los grandes territorios coloniales portugueses (que ahora serán también españoles) de Angola y Mozambique.
Hitler, tras los saludos de rigor a Franco, Petain y Mussolini, pide unos minutos para encerrarse en una sala de mapas. Allí están Kesselring y Ribbentrop. Le enseñan el mapa de África.
En ese momento, por supuesto, toda África al sur del Sahara está en manos del enemigo, pero ese pequeño inconveniente se resolverá en un par de años, a más tardar (está claro que Estados Unidos en cualquier caso habrá de pedir la paz no más tarde del año electoral de 1944). España tendrá el Camerún (para agrandar su pequeña colonia en el golfo de Guinea), las posesiones portuguesas y Rhodesia del Norte. Por supuesto, también recuperará las Canarias con el fin de la guerra (se omite una promesa similar sobre las islas portuguesas). Italia ampliará enormemente su Imperio en África Oriental y, aparte, tendrá un territorio en el Atlántico (Sierra Leona). Los franceses aceptan la pérdida de su imperio norteafricano (aunque señalan la necesidad de preservar una parte del territorio argelino), pero a cambio recuperan todas sus posesiones al sur del Sahara y las incrementan con casi todas las que eran de los ingleses, excepto aquellas que eran alemanas antes de la guerra anterior y que volverían a Alemania (con la salvedad de Camerún, que pasa a España), y casi todo el Congo belga (se dejarían algunos territorios para Bélgica-Valonia y para Alemania). En total, las anexiones francesas en África serán el gran territorio de Nigeria, el pequeño territorio de Gambia, el territorio de la Costa de Oro (todos en África Occidental), más los territorios de África central de Rhodesia del Sur, Bechuanalandia, Nyassalandia y Swazilandia. Alemania también recibirá Liberia, una posesión de gran valor estratégico que permitiría controlar el Atlántico central. Sudáfrica será aliada de Alemania, tal vez incluso anexionada (Hitler ambiciona para el Reich al millón de sudafricanos de raza aria).
El reparto de África en esta historia alternativa, según el hipotético tratado de Barcelona del 7 de diciembre de 1942. En color rojo, el imperio colonial francés (de un tamaño parecido al de antes de la guerra); al norte, los nuevos estados árabes y musulmanes aliados del Eje; en amarillo, las posesiones italianas; en azul las españolas y en gris las alemanas. En violeta lo que podría ser un pequeño imperio para la Bélgica no anexionada al Reich alemán. Sudáfrica sería independiente.
Es un buen trato para todos los imperialistas, tal como se les había prometido, y se firma solemnemente el día 7 de diciembre de 1942, aunque por diversos motivos se acuerda esperar unos días a hacerlo público en todos los detalles. Después, Hitler se reunirá de nuevo con los mandatarios y, en todo momento en que tiene ocasión, solicitará más noticias sobre la crisis militar en Stalingrado: éstas no resultan malas, ya que, aparte del convoy que transporta la 7 Panzer, la 10 Panzer está también concentrándose en el gran puerto de Marsella para ser embarcada en el siguiente convoy y a la zona de combate están llegando valiosas divisiones desplazadas del Cáucaso: no importa mucho que se ceda terreno en la región de Georgia siempre y cuando se conserven los puertos. Hitler señala que sobre todo es importante mantener la frontera con los turcos en Batumi. Se le dice que allí precisamente se situará la división de voluntarios turcomanos al mando de Nuri Pashá (Nuri Killigil), formada por turcos y por ex prisioneros soviéticos de origen turcomano: de ese modo habrá turcos a un lado y otro de la antigua frontera. El "Prinz Eugen" y un acorazado italiano aportarán su potente artillería naval en la defensa.
En lo referente a Occidente, a nivel militar, se ponen en marcha los movimientos de tropas. Para satisfacer a Franco, se da el mando de las fuerzas del Eje al sur de Marruecos (Ejército de Marruecos) al general español Yagüe, un veterano competente (el mismo que ocupó Fez a los franceses en junio). A su mando quedan tres divisiones españolas, con soldados españoles y marroquíes. A mediados de diciembre, la llegada de la división motorizada Hermann Goering y la 15 división alemana de infantería cambiarán por completo el escenario (una tercera división alemana está en camino). En total, se calcula que a mediados de enero de 1943 (no es creíble que los aliados puedan organizar algo de envergadura antes de esa fecha) el Ejército de Marruecos al mando de Yagüe contará con tres divisiones alemanas (incluida la Hermann Goering), tres divisiones españolas y otras tres marroquíes (una, por lo menos, con mandos franceses y tropas procedentes del ejército colonial francés). Así, los aliados nunca conquistarán los aeródromos del sur de Marruecos, esenciales para la recuperación de las Canarias más adelante. Divisiones españolas y marroquíes (tanto procedentes del ejército colonial español como del francés) se encargarán de la defensa costera de Marruecos y de la defensa del Estrecho para el improbable caso de que los aliados intenten otro desembarco en esa zona.
Considerando el poco valor que Hitler da al ejército angloamericano cuando no puede utilizar su superioridad aeronaval para cortar los suministros del enemigo (y ya no se daría esa posibilidad), nueve divisiones para contenerlos le parecen incluso muchas, pero, en todo caso, solo se trataría de tres divisiones alemanas. Y la noticia de que Hitler ha dado la independencia a otras dos naciones musulmanas (Marruecos y Túnez) le favorecerá en el Este, donde quiere seguir contando con el apoyo de los musulmanes antirrusos del Cáucaso y Asia Central.
Con Franco, Hitler aprovecha para abordar los temas económicos: el saqueo de Portugal debe hacerse de forma eficiente, sin agotar los recursos del país anexionado. Quiere por lo menos cien mil trabajadores portugueses para las fábricas alemanas antes de que acabe el año. Y exige que la agricultura española y portuguesa rindan: no deben quedar tierras sin cultivar y deben aplicarse los castigos más severos al mercado negro. Algo más: aparte de enviar, si es posible, otros cien mil obreros españoles para el primer trimestre de 1943, Speer tiene grandes planes para las fábricas de la misma Barcelona y otros puntos de España, más abundantes contratos para producir material de guerra en otros puntos del Mediterráneo. Franco, por su parte, se acuerda de solicitar fertilizantes del norte de África, y tal vez braceros marroquíes para el campo andaluz. Se interesa por el desempeño de la división española de montaña en el Cáucaso. Hitler le manifiesta que es tanta su confianza en ella que ha sido trasladada desde el 12 Armee, cerca de la frontera con Turquía, a la misma zona de Stalingrado, donde se están dando fuertes combates.
Después, Petain: el anciano mariscal ha aceptado el fin del Protectorado en Marruecos y Túnez, y no solicita garantías para Argelia al fin de la guerra (la exigencia de la partición del territorio argelino entre cristianos y musulmanes parece más bien formularia y pone más interés en apoderarse a cambio de los enormes territorios británicos de Nigeria y Rhodesia del sur), pero sorprende a Hitler con otra exigencia: quiere que acaben las cortapisas al proyecto francés de crear un ejército colonial de diez divisiones en Argelia de tipo Legión Extranjera. Sería un ejército de voluntarios (en la Francia de Petain, ningún joven recluta será forzado a luchar en algo que no sea la mera defensa del suelo patrio) de unos doscientos mil a trescientos mil hombres, de los cuales la mitad procederían de otras naciones europeas. Petain quiere rusos e incluso polacos, es decir, soldados que no aceptarían luchar con los alemanes, pero sí con los franceses. Aconsejado por Kesselring, Hitler se muestra de acuerdo, pero pone como condición que estos hombres, muchos de ellos ex prisioneros soviéticos, pasen controles de seguridad alemanes: no quiere ni comunistas ni judíos entre ellos (ni polacos ni checos tampoco). Esto es aceptado. Una estimación de los franceses (al anciano mariscal lo acompañan el almirante Darlan y el general Juin) considera que, de los doscientos mil hombres requeridos para el nuevo ejército colonial (ya sin marroquíes ni tunecinos), de cuarenta a cincuenta mil serían ex prisioneros soviéticos, no más. Los seleccionarán de entre aquellos con mayor experiencia militar. A nivel económico, hay buena sintonía entre Albert Speer y el ministro francés Bichelonne: la industria francesa se relanzará en colaboración con el esfuerzo militar alemán y llevando a cabo el rearme de su propio nuevo ejército. Las materias primas para ello están también en camino (petróleo, especialmente), procedentes, en su mayoría, de las tierras en torno al Mar Negro.
Con Mussolini, todo es más sosegado, aunque Hitler está muy harto de la reunión y de la codicia de sus aliados latinos. Al final de la conferencia, el Führer se quedará a descansar y a mantener alguna reunión más distendida el día 7, después de la firma del acuerdo a mediodía. Renunciará a una visita turística y el día 8 de diciembre por la noche saldrá de Barcelona. El día 10 de diciembre, por la noche, está de nuevo en el centro de mando en Rastenburg, muy cansado pero ansioso de noticias.
El general Zeitzler, jefe del Estado Mayor del Ejército alemán, que coordina los esfuerzos para auxiliar al 6 Armee en Stalingrado, ha trabajado bien y más relajado con Hitler fuera. El convoy con la 7 Panzer está ya dentro del Mar Negro y el de la 10 Panzer acaba de zarpar también desde Francia con el mismo destino. Todos los demás movimientos se están produciendo a buen ritmo. Desde Rusia, el mariscal Manstein asegura que se romperá el cerco una vez se ponga en marcha la ofensiva de rescate que recibe el nombre de Tormenta de Invierno. La resistencia rusa sigue siendo importante y ya se hace evidente que el 6 Armee, con trescientos mil hombres, no puede abastecerse solo mediante un puente aéreo, por lo que la ruptura del cerco es imprescindible para evitar un desastre que, de darse, sería algo sin precedentes en la historia de las armas alemanas.
En el otro extremo de Europa, con la salida de la división alemana número 15 de Portugal hacia Marruecos no disminuye la presencia nazi en este país, ya que se mantienen las 327, 708 y 715, también desmovilizadas de Francia. España se anexiona Portugal oficialmente el 16 de diciembre de 1942, fecha que a partir de entonces será jornada festiva: día de la unidad nacional.
Los acontecimientos que han llevado a esta situación son posteriores al encuentro entre el Caudillo y el Führer en Barcelona: con el apoyo alemán, puede cumplirse el sueño de la reunificación peninsular (sueño que a la inmensa mayoría de españoles había pasado desapercibido hasta entonces), y es solo cuestión de días su anuncio público, pero antes Franco quiere conseguir la mayor colaboración o resignación- posible por parte de los portugueses, por eso se ha pospuesto unos días el anuncio de los detalles del acuerdo de Barcelona, en el cual las colonias portuguesas se asignaban a España.
Nicolás Franco, embajador de España en Portugal, ve con esto frustradas sus esperanzas: el hermano del Caudillo hasta ese momento ha logrado una actitud conciliadora de los españoles a fin de que se mantenga un mínimo de independencia portuguesa. No ha participado en las reuniones de Barcelona y se encuentra con su hermano en Madrid a su regreso de la cumbre de líderes del Eje. Nicolás Franco le asegura al Caudillo que la anexión es rechazada por los siete millones de portugueses y que eso vuelve vulnerable toda la costa atlántica a un ataque británico que sería bien recibido por la población. Pero Franco está ahora más influenciado por su cuñado, Serrano, que, tras un momentáneo alejamiento del poder en la remodelación del gobierno de abril de 1942 (para no provocar demasiado pronto a los británicos), a finales de junio volvió al gobierno con un cargo equivalente al de Goebbels. Para Serrano, es imprescindible aprovechar la coyuntura a fin de alcanzar la unidad peninsular con el apoyo de Alemania. Menos sería indigno en el contexto de los nuevos tiempos imperiales que agitan Europa.
A Nicolás Franco se le pide que vuelva a Lisboa y prepare en lo posible a Salazar, el primer ministro portugués: a él y al jefe de Estado portugués, general Carmona, se les ofrecerá, según consideren, la jefatura del Estado, del Gobierno o una vicepresidencia dentro del nuevo estado español unificado -se pueden dar diversas formas institucionales-, así como la capitalidad de toda España en Lisboa, el bilingüísmo y el cambio de la enseña nacional (según algo que planteó el fallecido líder fascista español, José Antonio: adoptar la antigua bandera de Aragón para toda la península). En todo caso, se concierta un encuentro entre ambos dictadores (Franco y Salazar) para el día 15 de diciembre, en la ciudad española de Ciudad Rodrigo, cerca de la frontera. Hay que darse prisa porque, entre otras cosas, los alemanes quieren anunciar la independencia de Marruecos cuanto antes y, de momento, de la reunión de Barcelona solo se han hecho públicas algunas vaguedades con respecto a los acuerdos a los que allí se ha llegado. Mussolini está también impaciente porque la prensa italiana muestre el mapa de los grandes territorios asignados al Imperio Fascista.
Durante la entrevista en Ciudad Rodrigo, Franco no encuentra comprensión alguna por parte de Salazar, que no esperaba una anexión directa y brutal. Rechaza, por supuesto, la jefatura del nuevo Estado y anuncia que se le debe hacer prisionero de guerra. Salazar sabe que en diciembre de 1942 la situación no parece ya tan ventajosa para el Eje: los incidentes de guerrilla se están extendiendo por toda la península mientras que los aliados van avanzando por la costa africana occidental hacia el sur de Marruecos; también se producen bombardeos con aviones de largo alcance: Bilbao y Madrid son bombardeadas desde Inglaterra, y Cádiz y Sevilla desde Madeira; ni siquiera ha caído aún la fortaleza de Gibraltar en manos españolas; y en Rusia, el Ejército Rojo está contraatacando en medio de un gélido invierno; incluso Rommel está a la defensiva en Egipto (aunque ha recuperado algo del terreno perdido en los últimos días).
Salazar y Franco
Así pues, Franco pone bajo arresto a Salazar (en lugar de convertirlo en jefe de Estado) y al día siguiente, 16 de diciembre de 1942, se anuncia la anexión: el gobierno de Portugal es disuelto y desarmado lo que queda de su ejército. Preventivamente, numerosos altos cargos portugueses son también arrestados y muchos más son cesados y enviados a sus casas, lo que desarticula gravemente toda la administración pública. El general Carmona, que tampoco acepta cooperar, es asimismo puesto bajo arresto domiciliario. España tendrá que buscar colaboracionistas portugueses en otra parte.
El ejército español, pese a las pérdidas de Canarias y a que se constituyen tres divisiones del nuevo ejército marroquí a partir de las tropas marroquíes coloniales, cuenta ya con las cincuenta divisiones planeadas (aunque no completas en el número de tropa), de modo que la ocupación del todo el territorio es posible, sobre todo con la ayuda alemana.
Franco entonces decreta que cuarenta mil jóvenes portugueses se incorporen forzosamente al ejército español para completar las recientes pérdidas, a falta del suficiente número de voluntarios (que solo son diez mil). Muchos soldados portugueses desertan y muchos reclutas no se presentan en los centros oficiales. Para colmo, Franco, apremiado por Hitler, tiene que reclutar asimismo a cien mil portugueses como trabajadores para Alemania, donde todavía no se ha compensado el valor como fuerza de trabajo del millón y pico de prisioneros franceses liberados en el mes de julio.
A cargo de la ocupación de Portugal seguirá el general Dávila, un monárquico moderado, el único de los generales de Franco con un cargo de importancia que no es un decidido pro-nazi. Franco visita Lisboa el día 18 de diciembre de 1942, dos días después de decretada la anexión. Allí toma las disposiciones militares definitivas, tras escuchar las quejas de su hermano Nicolás que, como ya no existe embajada española, se ha quedado sin empleo diplomático, aunque, desde luego, acepta la situación y recibe la nueva tarea, nada fácil, de reconstruir la administración pública portuguesa reclutando el mayor número posible de colaboracionistas y distribuyendo a los nuevos altos cargos ocupantes, muchos de ellos españoles conocedores de la lengua gallega, parecida al portugués. De momento, los españoles encuentran un posible colaboracionista en el líder "nacional-sindicalista" Francisco Rolao Preto, un admirador de los fascismos con un historial de conspiraciones contra el salazarismo. Se le permite mantener su movimiento a un discreto nivel, a la espera de los nuevos acontecimientos, es decir, del curso de la guerra.
Las decisiones militares de importancia se toman en el Palacio de Belem entre Franco, Dávila, Vigón (jefe del estado mayor y principal estratega de Franco) y, por supuesto, Albert Kesselring, que ya habla un español fluido, todos aceptando los prudentes y fundamentados consejos de Nicolás Franco. El principal problema en Portugal va a ser encontrar funcionarios colaboracionistas. Nadie quiere a los españoles, así que se les ha de convencer mediante un adecuado despliegue de fuerza. Dávila tiene a sus órdenes quince divisiones españolas en territorio portugués, nada menos. Las dos divisiones italianas que ocupan el sur de Portugal se van, pero quedan las tres alemanas. En total, dieciocho divisiones para mantener bajo control un país de siete millones de habitantes. Lo más importante es que se tenga en cuenta que España está respaldada por Alemania.
Pero Portugal es una nación que mira al mar, hacia el Atlántico, y los dueños del Atlántico son los británicos, los viejos aliados de la independencia portuguesa. Solo la derrota británica puede hacer que los portugueses pierdan la esperanza de recuperar su condición de nación soberana.
Franco abandona Lisboa el 21 de diciembre de 1942, para pasar la Navidad en Madrid. Esa mañana le llega un telegrama de Hitler con una buena noticia: el ejército alemán, con la colaboración de la división española de montañeses navarros, ha logrado romper el cerco al 6 Armee en Stalingrado.
Ooo
Los cambios de alianzas y territorios mostrados en este episodio son por el estilo de las negociaciones políticas del siglo XVIII, pero tampoco son demasiado diferentes a las componendas entre Hitler, Mussolini y Stalin entre 1938 y 1940. También existen documentos españoles de la época que muestran que muchos dirigentes españoles -el ministro Beigbeder, como mínimo- consideraron conveniente la independencia de Marruecos , siempre y cuando los españoles pudiesen intervenir decisivamente para su propio interés en el país en teoría independiente. Lo principal para los españoles era desplazar a los franceses. Por otra parte, los movimientos nacionalistas ya existían en la zona, y a Hitler le interesaba ganarse su apoyo en la guerra. Por eso, la única posibilidad de favorecer a los pueblos musulmanes de lo que hoy se llama Tercer Mundo sin perjudicar los intereses de España, Francia e Italia era, evidentemente, despojar a los británicos de todas sus posesiones territoriales en África y poner éstas a disposición de los aliados latinos de Hitler como compensaciones. Por supuesto, hay que tener en cuenta que el concepto racial alemán (bastante flexible y oportunista) podría ser adoptado por los árabes, bereberes y turcomanos, de manera que los pueblos negros al sur del Sahara fuesen considerados racialmente indignos de adherirse a la fe musulmana. No hemos de olvidar que fueron los árabes quienes comenzaron la esclavización sistemática de los pueblos negros.
Con esta operación, Hitler no solo compensaría a España por la pérdida (momentánea) de las islas Canarias, sino que incorporaría al Eje un ejército marroquí de al menos diez divisiones (cuya capacidad ya había sido demostrada como ejército colonial español y francés), unos cuantos miles de reclutas portugueses y bastantes más trabajadores semi-forzosos de la misma nacionalidad. Teniendo en cuenta que por esta época Hitler ya se habría resignado a que la guerra durase hasta 1944, este tipo de recursos podían serle muy útiles militar, económica y políticamente.
Para los angloamericanos, tras sus campañas de octubre y noviembre de 1942, tocaría ahora, en esta historia, la reorganización para las siguientes empresas militares. Sabemos, en base a lo sucedido en la realidad, que el gran ejército anglonorteamericano que desembarcó en noviembre de 1942 en Marruecos y Argelia necesitó más de cuatro meses para volverse realmente fuerte contra los recursos de alemanes e italianos (no sucedería hasta marzo de 1943), que encajaron humillantes reveses y que necesitaron ese tiempo incluso para establecer su superioridad aeronaval (¡a pesar del desastre alemán de Stalingrado y la gran victoria británica en El Alamein!). Además, en la realidad los franceses lucharon con los aliados. En esta historia, no habrá derrota en Stalingrado, no habrá forma de cortar las líneas de suministro del Eje (el Mediterráneo está cerrado), los franceses (marroquíes) luchan del lado del Eje, hay soldados españoles además de italianos y, encima, los aliados parten de malas bases logísticas que necesitarán expandir mediante duro trabajo y periodos de tiempo más o menos largos. En lugar de los puertos de Argelia, con sus carreteras y ferrocarriles, ahora tendrán que partir del desierto del Sahara o del Sudán.
En cualquier caso, la conquista de las islas Canarias será una victoria aliada que debilitará la posición española, pero el apoyo alemán se mantendrá a la espera de nuevas victorias del Eje. El tiempo correrá a favor de los dueños de los recursos económicos en explotación: los de las materias primas del Mar Negro y la economía mediterránea.
De esto también se especuló en 1940, tras la victoria en Francia, pero por entonces Hitler aún mantenía abierta la posibilidad de llegar a un arreglo con los británicos y, además, la región mediterránea entraba dentro de la esfera italiana de intereses. En la situación que se describe en este episodio de la historia alternativa, sin embargo, eso ya no sería viable: los italianos dependerían de los alemanes. y los británicos de los norteamericanos. El acuerdo para un fin negociado de la guerra solo se alcanzaría con los norteamericanos y para ello sería preciso demostrarles que la victoria no iba a ser posible, y que los británicos tendrían que ser los grandes perdedores.
En cierto sentido, lo acordado en Barcelona en esta ficción, en diciembre de 1942, sería el equivalente al acuerdo de la rendición incondicional alcanzado en Casablanca en enero de 1943 por los aliados en la realidad. Una declaración de que ya no habría paso atrás, y en la que se abandona toda idea de llegar a un pacto con los británicos en términos de igualdad, de forma parecida a como en la realidad los angloamericanos anunciaron que no pensaban negociar la paz (ni las condiciones de rendición) con el enemigo (posicionamiento que, sin embargo, se vio desmentido pocos meses después, en agosto y septiembre, cuando se abrieron negociaciones secretas para la rendición de Italia). En esta historia, Hitler concentraría su único esfuerzo de negociación con los Estados Unidos, y con la mirada puesta en las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre de 1944.











