Durante la campaña de las elecciones presidenciales de noviembre de 1940, los candidatos de los dos grandes partidos políticos con posibilidades de triunfo (Roosevelt y Wilkie) hubieron de prometer que no se implicarían en la guerra. Así pues, los aislacionistas no necesitaron crear su propia alternativa política, puesto que, en teoría, estaban siendo escuchados por los dos grandes partidos.
No todos los notorios aislacionistas norteamericanos estaban en "America First". Joseph Kennedy, rico financiero y un importante dirigente del Partido Demócrata que había detentado cargos de política económica en el gabinete de Roosevelt, fue nombrado embajador en Londres en los tensos meses previos al estallido de la guerra, en 1938, y en Londres el giro de los acontecimientos le había precipitado a una situación que muchos consideraron desastrosa para sus intereses personales ya que abogaba por un acuerdo mundial por la paz entre Estados Unidos y Alemania, incluso sin la anuencia británica, lo que tampoco coincidía con la política de Roosevelt, públicamente partidario de la neutralidad pero que, como muchos millones de norteamericanos, simpatizaba vivamente con los británicos y estaba dispuesto a ayudarlos en todo, menos entrando en la guerra. Sin embargo, al haber recibido un cargo en política internacional de tan gran importancia (y ha de tenerse en cuenta, además, que Kennedy carecía de experiencia en diplomacia) queda demostrado que era mucha la confianza que se tenía en su capacidad. En 1938, Roosevelt había barajado el nombre de Joseph Kennedy como posible candidato a la vicepresidencia en las siguientes elecciones, en 1940. Entre los méritos de Kennedy se cuentan, aparte de sus recursos económicos privados, su inteligencia, sus dotes financieras, su gusto por las relaciones públicas y su condición de católico de origen irlandés, lo que lo convierte en líder virtual de una importante minoría de votantes.
Joseph Kennedy, embajador estadounidense en Londres de 1938 a 1940
Pero en 1940, Joseph Kennedy, siendo hasta ese momento el más importante de todos los políticos de origen irlandés católico del Partido Demócrata, estaba pagando las consecuencias de haber cometido el error de pretender distanciar la política exterior norteamericana de los intereses británicos. Incluso después de que los alemanes invadiesen Polonia, insistió en un telegrama a Roosevelt en que Estados Unidos podía lograr la paz mundial llegando a un acuerdo con Hitler, a pesar de que los británicos y los franceses ya le habían declarado la guerra. En 1940 todavía intentó un encuentro personal con Hitler. Finalmente, el odio suscitado por estas iniciativas entre la clase política británica y el desdén del Presidente Roosevelt liquidaron su carrera, lo que fue la causa de que se viese forzado a renunciar a su cargo en noviembre de 1940. Cuando estalla la guerra también en Estados Unidos, el 7 de diciembre de 1941, nadie se acuerda de él para ofrecerle puesto de responsabilidad pública alguno. Queda totalmente marginado de la vida política del país.
La noticia del cierre del Mediterráneo por Rommel en junio de 1942 es evaluada fríamente por Kennedy. Nadie puede dudar de que él desea la derrota del Eje y la victoria de su país tanto como el que más, pero ¿y si, a pesar de todo, es imposible ganar la guerra? ¿No harán falta entonces líderes políticos norteamericanos capaces de hacerse cargo de la situación?
Con prudencia, en la segunda mitad de 1942, Joseph Kennedy comienza a contactar con otros personajes influyentes. Ante todo, trata de informarse. ¿Puede ganarse la guerra, sí o no? Si puede ganarse la guerra, él hará lo que pueda para contribuir a ello (¡aunque el Presidente no se acuerde de pedir su ayuda!), pero ¿y si no?
Ya tras el cierre del Mediterráneo hay dudas entre muchos responsables militares estadounidenses. La guerra en Rusia continúa, el potencial industrial norteamericano es enorme, pero "el bloque defensivo" europeo formado por Alemania y sus aliados (que ahora incluyen, en diversos grados de compromiso, a España, Francia, Egipto, Bulgaria y Turquía) puede significar un poder equivalente con el paso del tiempo. ¡Y Estados Unidos necesita precisamente de tiempo para movilizarse de forma efectiva y hacer que los aliados ganen la guerra!
A partir de octubre de 1942 los angloamericanos atacan a los nazis. No se logra nada especialmente prometedor, pero se ha avanzado algo en Egipto, se han conquistado las islas Canarias y, en el frente aéreo, se ha bombardeado Colonia con mil aviones. Se espera que esta demostración de fuerza sea solo el principio. Las imágenes de la captura de la islas Canarias, en las que se muestra a tres mil prisioneros alemanes (tropas de élite nazis, los mismos paracaidistas que derrotaron a los británicos en Creta el año anterior) dan alguna confianza a la opinión pública, pero Kennedy tiene sus propias fuentes de información que no son tan optimistas, de modo que continúa moviéndose discretamente entre los círculos del poder, donde, por supuesto, su discreción no pasa inadvertida.
En marzo de 1943, tras la derrota rusa en Stalingrado, los informantes de Joseph Kennedy le reportan la alarma que comienza a cundir entre los oficiales que hacen el trabajo estratégico de fondo y que ahora son marcadamente pesimistas. Por otra parte, en Australia, el general Mc Arthur, comandante en jefe del Ejército norteamericano en el Pacífico, también se ha informado por su cuenta: si Rusia es derrotada se perderá toda Asia, y Japón podrá ser salvado por Alemania por medio de los suministros que se envíen haciendo uso del ferrocarril transiberiano, una vez sometidos los rusos a vasallaje. Una idea parecida tiene también el almirante King, máxima autoridad de la marina norteamericana y uno de los cuatro miembros de la Junta de Jefes de Estado Mayor (junto con los generales Marshall y Arnold, y el almirante Leahy).
El almirante norteamericano Ernest King, máxima autoridad ejecutiva de la Marina y partidario acérrimo de que el esfuerzo bélico se concentrase en derrotar a Japón
Los hechos de Stalingrado han demostrado que los rusos no pueden recobrar la iniciativa. A pesar de la inmensa movilización llevada a cabo, del mucho y buen armamento que han producido en circunstancias muy duras, los alemanes pueden aguantar las contraofensivas rusas de invierno y luego volver a avanzar en verano. La conexión Mediterráneo-Mar Negro les permite resolver el grave problema logístico, al acabar en buena parte con el obstáculo de las grandes distancias del territorio ruso. La continua reducción del territorio soviético debida al avance alemán implica también la reducción de la población de la URSS, mientras que las bajas en las filas del Ejército Rojo se mantienen muy por encima en proporción de las de los invasores, lo que les lleva a mermar cada vez más sus reservas, a pesar de su aparente infinitud. Para colmo, el giro promusulmán de Hitler supone que la numerosa población soviética musulmana es cada vez menos fiable para la defensa de la URSS.
Es en este momento cuando Joseph Kennedy tiene claro que la guerra no solo no estará acabada para las elecciones presidenciales de noviembre de 1944, sino que por esa fecha no se vislumbrará una victoria posible en el horizonte. En el mejor de los casos, la guerra se eternizaría. Nadie esperaba que la guerra de 1914 durase cuatro años. La de 1939 podría durar veinte años Si es que Hitler no logra ganarla antes una vez comience a explotar a fondo los recursos económicos capturados en el Mar Negro.
Desde finales de 1942 Joseph Kennedy se ha empeñado en hacer apariciones públicas. Exhorta, por supuesto, a la victoria, pero lo hace señalando que esta victoria no será fácil, que implicará sacrificios hasta el momento desconocidos por el pueblo americano (salvo quizá en la lejana guerra civil). Gasta esfuerzo y dinero en lograr que la opinión pública no se olvide de él, y al mismo tiempo sigue haciendo contactos valiosos. Muy pronto comienza a recibir críticas, y sabe que existe un sector antinazi en el gobierno que le detesta especialmente.
Pero es a partir de marzo de 1943, tras la derrota rusa en Stalingrado, cuando Kennedy comienza a mostrarse menos discreto. Habla públicamente de una Paz no necesariamente vinculada a la Victoria. Y habla mucho de Pearl Harbour y el honor del país que solo puede salvarse con la derrota del agresor japonés. Nunca apoya la lucha de los soviéticos. En un rápido viaje a Irlanda logra entrevistarse con el primer ministro De Valera (feroz enemigo de los británicos). A través de él quiere abrir vías de comunicación con los alemanes, con vistas a la preparación de una negociación. A su regreso, consigue establecer contacto también con los elementos menos hostiles a su persona de la administración Roosevelt: quiere comunicarles que sus aproximaciones indirectas al enemigo son, de momento, privadas y meramente informativas. Tal como espera, la Casa Blanca finge indiferencia pero tampoco actúa contra estos contactos que, en teoría, ponen en peligro la seguridad nacional y podrían ser considerados incluso como traición. Kennedy sabe entonces que Roosevelt no se opone a que se mantenga alguna vía de comunicación abierta a la espera de lo que suceda en los meses siguientes en los campos de batalla. Siempre y cuando estas iniciativas sean solo una aventura privada de Kennedy a su propio riesgo...
Cuando Rommel cruza el canal de Suez y conquista Jerusalén y Damasco, expulsando a las fuerzas británicas, a finales de junio de 1943, Joseph Kennedy habla ya públicamente de una Paz con Honor. Y afirma que es preciso, en una democracia, que los ciudadanos debatan en libertad las opciones posibles en disyuntivas críticas. Es entonces cuando se levantan, en los medios de comunicación, las primeras voces acusando a Kennedy y su grupo (porque ahora existe un grupo visible que muy pronto se organizará) de derrotismo, cobardía y traición. Mientras tanto, ha estallado el escándalo del descubrimiento de los crímenes soviéticos de Katyn, y Kennedy agita a ese respecto el carácter odioso del régimen soviético, ¿vale la pena que Estados Unidos se sacrifique para que una tiranía rusa venza a una tiranía alemana?
La polémica llega a su punto álgido en julio de 1943. Los norteamericanos hacen entonces su primera gran operación ofensiva terrestre contra los nazis en Marruecos, mientras los bombardeos aéreos británicos arrasan Hamburgo y los rusos resisten con fuerza hasta entonces desconocida la tercera ofensiva nazi de verano.
Joseph Kennedy espera el resultado de estas batallas, guardando silencio durante varias semanas. Incluso teme haberse precipitado al considerar la conquista de Damasco y Jerusalén por Rommel como un signo indudable de que la guerra no se puede ganar. Sin embargo, a finales de agosto la ofensiva angloamericana en Marruecos se ha estancado sin pena ni gloria y los alemanes, por su parte, han alcanzado el mar Caspio, embolsando a los rusos que resisten en Bakú. Los turcos están ya en la guerra, combatiendo dentro de territorio soviético. Kennedy respira: no se equivocó al juzgar la situación. Pronto se informa del pesimismo de los principales estrategas norteamericanos.
Kennedy en septiembre rompe de nuevo su silencio y se hace pública la creación de un Grupo de discusión ciudadana por la victoria. Aún se trata de la victoria, y no de la paz, pero quienes integran el grupo incluyen a unos cuantos aislacionistas del año 1941 e incluso a algunos partidarios del entendimiento con los regímenes totalitarios. Y bastantes anticomunistas.
Es necesaria la intervención del mismo Roosevelt para que los más furibundos antinazis del gobierno (como el Vicepresidente Wallace y los secretarios Morgenthau e Ickes) no se pronuncien públicamente contra Kennedy. Roosevelt entiende que éste y los aislacionistas muevan sus piezas con precaución para caso de que la previsible batalla decisiva en el Golfo Pérsico dé un resultado negativo.
Henry Morgenthau, Secretario del Tesoro de Roosevelt, y Harold Ickes, Secretario del Interior, miembros del Gabinete fuertemente antinazis. Morgenthau era judío.
Públicamente, el Grupo de discusión ciudadana lo que hace es incentivar el esfuerzo para que la guerra tenga un desenlace positivo. Pero, como grupo de discusión, no se trata solo de propaganda optimista: las opciones reales de salida de la guerra han de considerarse también. Y entre éstas se cuenta también la de una paz negociada.
La retirada del 1 ejército norteamericano de Port Sudan, en octubre de 1943 (¡y tras ser derrotados por los italianos!) ya es una muy mala noticia, aunque se asegura que las pérdidas son escasas y que el territorio abandonado tenía poco valor estratégico. Sin embargo, lo peor está aún por llegar.
El abandono de Bagdad es conocido en Estados Unidos el 6 de diciembre de 1943. Y el 7 de diciembre, el público es informado de que en la rendición del 9 ejército británico en Mosul se ha incluido una división norteamericana completa, la 3 blindada. Las cifras de muertos y desaparecidos (prisioneros) norteamericanos en el conjunto de Irak llegan poco antes de Navidad: 40.000 hombres. Un desastre peor que la pérdida de Filipinas en mayo de 1942. Un desastre a escala británica.
Joseph Kennedy ya no espera más. Su Grupo de discusión se convierte automáticamente en el movimiento Paz con Honor (porque, se dice que "ya se han alcanzado conclusiones inequívocas en el curso de la discusión de los acontecimientos"). La guerra contra Alemania no puede ganarse. Y ahora Joseph Kennedy está dispuesto a enfrentarse a los belicistas antinazis aún a riesgo de ser acusado de traición ante los tribunales.
La captura de quince mil soldados norteamericanos por Rommel en Mosul no es ya un revés momentáneo, como pudiera haberlo sido la retirada de Port Sudan con pocas bajas, o el estancamiento del avance en Marruecos. Tampoco puede compararse con lo que sucedió en Pearl Harbour y Filipinas tras el ataque traicionero de los japoneses: el poder del enemigo se incrementa día a día y no parece realista excluir la posibilidad de una negociación.
Es el mismo Vicepresidente Wallace el que declara en un discurso, antes de Navidad, que el ex embajador Kennedy encubre sus propios prejuicios autoritarios con el pretexto de que desea una Paz con honor: al difundir que algunos norteamericanos pusilánimes aceptan una paz negociada se está debilitando la moral de las tropas .
Kennedy, pues, responde: puede llegar un momento en el cual la falta de acuerdo para alcanzar una paz negociada con Alemania impida alcanzar una victoria total sobre Japón.
Es el mismo pensamiento del general Mc Arthur y del almirante King: si se retrasa la negociación con Alemania, Japón podrá salvarse porque los alemanes serán entonces demasiado fuertes y negociarán buenos términos de paz para Japón a fin de contar con un aliado antinorteamericano en Oriente. En cuanto a los rusos, nunca fueron amigos de los Estados Unidos (las atrocidades soviéticas de Katyn impactan especialmente a la numerosa colonia polaco-norteamericana) y Stalin puede volver a negociar con Hitler en cualquier momento... y entonces también Japón se salvará. Si América negocia con Alemania cuanto antes, entonces podrá conseguir, entre otras cosas, que Hitler acepte la aniquilación de Japón. En qué posición quedarían los rusos , es indiferente.
La polémica salta a los periódicos, a los opinadores radiofónicos, a los puestos de trabajo, a los hogares e incluso a las charlas en los cuarteles. ¿No se puede ganar? ¿Hay que negociar? La prensa comienza a recordar las elecciones presidenciales de 1864, en plena guerra civil, cuando también se opusieron los partidarios de una paz negociada y los de la rendición incondicional.
El enfrentamiento electoral por la presidencia en 1864 durante la guerra civil norteamericana: el oponente de Lincoln, el general George Mc Clellan, ofrecía abiertamente la posibilidad de una paz negociada con los rebeldes del Sur.
Ooo
Existen los precedentes de las elecciones presidenciales norteamericanas de 1864, 1916 y 1940. En todas ellas, el principal tema de debate fue el deseo del pueblo norteamericano de alcanzar la paz o de mantenerse en paz, no inmiscuyéndose en guerras, particularmente si son en ultramar. En noviembre de 1864, los partidarios de la paz negociada durante la guerra civil fueron finalmente derrotados en las elecciones cuando los hechos de armas confirmaron que la victoria total era posible sobre los rebeldes del Sur (toma de Atlanta en septiembre de 1864), y tanto en 1916 como en 1940 todos los candidatos presidenciales aseguraron que Estados Unidos no se involucraría en la guerra europea. De este modo, ningún candidato presidencial tuvo nunca que afrontar una situación de incertidumbre y pudo ofrecer un futuro de paz realista. En 1944 la victoria era segura. En 1952, los candidatos ofrecieron negociaciones de paz para Corea. En 1964, el presidente Johnson esperó a ganar las elecciones para emprender la "escalada" en la guerra de Vietnam (igual que Wilson esperó a las elecciones de 1916 para declarar la guerra al año siguiente), en 1968 se había iniciado ya el proceso de negociaciones de paz para acabar con la guerra de Vietnam. En 1972, Nixon ya había retirado la mayor parte de los soldados norteamericanos de Vietnam.
Para los británicos la situación no era tampoco muy diferente. Pero el sistema político británico permitía saltarse las elecciones parlamentarias. Las elecciones de 1940 fueron suspendidas (también lo fueron las de 1915), de modo que las últimas habían sido en 1935 y se esperó hasta 1945, ya con la victoria a la vista, para convocar las siguientes. El sistema norteamericano no permite esta posibilidad de suspender las elecciones.
Estas circunstancias eran perfectamente conocidas por los alemanes. Por eso Hitler sabía que en el verano de 1940 era imposible una intervención norteamericana. La situación cambió por completo una vez Roosevelt fue reelegido para un tercer mandato. Que se designase a Henry Wallace como Vicepresidente fue ya sintomático de que Roosevelt iba a avanzar a lo largo de 1941, paso a paso, hacia una intervención en la guerra. Pero cada paso hacia la beligerancia encontró una fuerte resistencia, tanto en la opinión pública como en las cámaras del parlamento norteamericano. El movimiento por la neutralidad América Primero fue activo hasta Pearl Harbour.
Joseph Kennedy, embajador de Estados Unidos en Londres, fue un político frustrado, y lo fue porque su apuesta por un acuerdo mundial de paz que incluyera a Hitler fue radicalmente rechazada en Washington. Sin embargo, Kennedy no era el único norteamericano prominente que pensaba que los Estados Unidos no debía hacer una política exterior dependiente de los intereses británicos.
Afortunadamente, en la realidad, la intervención militar norteamericana en el teatro bélico europeo (incluyendo, naturalmente, el norte de África) fue una sucesión de victorias, desde el desembarco en Marruecos y Argelia en noviembre de 1942 hasta el desembarco de Normandía en junio de 1944, y la esforzada victoria final que siguió. Los hechos demuestran hoy que el ejército norteamericano era inexperto y un tanto torpe, pero que los estrategas norteamericanos lo sabían y por eso tomaron muchas precauciones a la hora de emplearlo en la batalla. Se tardó seis meses en conquistar todo el norte de África, a pesar de la abrumadora ventaja numérica y de material, y aún se hubiera tardado más si los militares franceses del norte de África no hubieran cambiado de bando a los dos días de ser invadidos por los aliados. Muy probablemente, la invasión norteamericana en Marruecos y Argelia no hubiera tenido éxito si Hitler hubiese presionado a España para atacar Gibraltar poco después de producirse el desembarco. Algunos autores consideran también que si los italianos hubieran luchado más decididamente hubiese fracasado el desembarco en Sicilia en julio de 1943. Pero para entonces ya se habían dado las derrotas alemanas de El Alamein, Stalingrado y Túnez, y los italianos no querían luchar del lado de quienes muchos ya consideraban el perdedor.
En las circunstancias que se muestran en esta historia alternativa, parece imposible que la opinión pública (norteamericana y del mundo entero) percibiese una inminente victoria aliada en ningún momento. Quizá las Canarias podrán ser tomadas gracias a la superioridad aeronaval, pero una victoria terrestre para los aliados es imposible con el Mediterráneo cerrado, puesto que no se pueden utilizar medios aeronavales para impedir que los alemanes envíen contingentes adonde les sea preciso (la victoria en Túnez, en mayo de 1943, solo pudo materializarse porque se bloqueó el envío a África de refuerzos y suministros gracias al poder aeronaval aliado). Y menos aún si del lado del Eje luchan también los infantes españoles y marroquíes (ejército colonial francés).
Sin expectativas de victoria, con derrotas puntuales (la conquista de Damasco y Jerusalén por Rommel, sobre todo) y con noticias de que los alemanes están armando divisiones de infantería de pueblos bárbaros, como españoles, turcos, egipcios o marroquíes, los ciudadanos norteamericanos comenzarían a sospechar que la guerra, en el mejor de los casos, no iba a terminar nunca, o que iba a suponer un ruinoso empate con el despilfarro de decenas o centenares de miles de vidas norteamericanas. Consta (aparece en las Memorias de Churchill) que en la realidad, en junio de 1942, tras el desastre británico de Tobruk, ya había autoridades norteamericanas que se temían algo parecido. Y consta también que había militares norteamericanos, como los aquí citados general Mc Arthur y almirante King, que presionaban para que se diese prioridad a la guerra contra Japón.
En esta historia, la derrota de Bagdad, a primeros de diciembre de 1943, sería decisiva a la hora de decantar a la opinión pública norteamericana por una paz negociada. De hecho, en este relato hemos dado la cifra de quince mil prisioneros norteamericanos hechos por Rommel en Irak. Se trata de la misma cifra de prisioneros hechos por los alemanes durante la batalla del Saliente (Ardenas, diciembre de 1944). Si los alemanes pudieron hacer semejantes estragos en un momento en el que ya no podían tener expectativas realistas de victoria, cuando habían sido desgastados de tal manera en sus constantes derrotas frente a los rusos y ante un enemigo tan numeroso, bien armado y equipado, ¿qué no hubieran podido hacer a un inexperto ejército norteamericano como el que se retrata en esta historia, en noviembre y diciembre de 1943? En la realidad, a finales de 1943 los estadounidenses solo tenían seis (!) divisiones enfrentadas al enemigo nazi en el único escenario de lucha terrestre europeo de por entonces, que era Italia (las otras tres con experiencia de combate en Europa habían sido trasladadas a Inglaterra para preparar el desembarco en Normandía).
Ante el presidente Roosevelt se presentará entonces un dilema terrible, y hombres como Joseph Kennedy habrán de planteárselo de forma realista. Cualesquiera que fueran las motivaciones personales de políticos como Joseph Kennedy, nadie iba a negar lo razonable de su posición.
















